13 feb. 2012

3. Memorias perdidas

El día de hoy me he quedado con la melancolía de un recuerdo perdido, que no logro recordar. ¿Y cómo sé de ese recuerdo? Una amiga mía lo mencionó.

Hace mucho tiempo, alrededor de 12 años, conocí a Liz, una niña que se convertiría en mi mejor amiga. En uno de sus cumpleaños –me ha dicho ella– le regalé un ropero para muñecas que yo misma hice. Pero no lo recuerdo. No sé cómo era, ni cómo lo hice. De hecho, hay muchas cosas que no recuerdo de esa época. Y eso es lo que me deja con melancolía: darme cuenta de muchos recuerdos perdidos.

Como ya he dicho, ella se convirtió en mi mejor amiga. Lo fue por mucho tiempo, incluso cuando ya no estábamos juntas. Teníamos muchas cosas en común, pero un día, discutimos por alguna tontería y así fue que dejamos de hablarnos. Éramos unas niñas muy orgullosas. Ninguna se disculpó por nada, ninguna aceptó haberse equivocado, y mucho menos trató de comprender la opinión de la otra. No pasaron más de tres días cuando, con mucho dolor, decidí olvidarme de todos esos momentos gratos que pasé con ella. Me di cuenta de que había cosas que me recordaban a ella, y así seguirían sucediendo. Eso me producía mucho dolor y tristeza. Llorando, deseé dormir y no recordar nada al despertar. Y así sucedió. Me quedé dormida. Al despertar los recuerdos eran borrosos, y cada día se iban borrando un poco más. Luego de un tiempo, sólo recordaba que ella había sido mi amiga alguna vez, que habíamos discutido y así nos distanciamos.

Ninguna de las dos volvió a hablarle a la otra. Luego de 10 años, tras un periodo de introversión y reflexión como reconocimiento de mí misma, tuve un sueño en el que aparecía ella. Decidí buscarla, aunque no sabía cómo. No tenía su número ni dirección; recurrí a las redes sociales. Recordaba su nombre. Sin embargo, la encontré con su seudónimo luego de ver una foto suya que había publicado su hermano. Pude enviarle un mensaje, el cual me respondió con alegría. Por supuesto, me alegró mucho que lo hiciera. Nos vimos un mes después. Platicando ese día, me di cuenta de que había muchos recuerdos perdidos y otros modificados. Pude recobrar algunos, pero hay muchos que permanecen perdidos, y quizá, aunque Liz me los relate, no los recuperaré.

Era mi gran amiga, la mejor. Perderla me dolió mucho. Pasaron 10 años para que aprendiera la lección. Sé que el orgullo es muy mal consejero, y aunque me duela mucho, sé que si le hago caso, puedo perder algo tan importante como es la amistad.

1 comentario:

  1. Aída, me gusta el tono y la tesitura de la narración. Pero usted misma se confunde en cuanto a la jerarquía gramatical de algunas oraciones, y por eso las encabalga. Eso es una lástima porque en general la entrada está bien escrita. El encabalgamiento resta claridad (por no decir "seriedad") a cualquier texto.

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